28 de agosto de 2013

Abuelo en la distancia

No estaba en la lista de mis deseos el ser abuelo. Tampoco lo contrario. La pervivencia es ley natural y a ella dejaba su libre albedrío.

A casi dos años del parto de mi hija sigo pensando lo mismo; pero con un caprichoso parámetro introducido en la racional ecuación: el emocional. Y digo caprichoso porque es voluble en intensidad y tiempo. Supongo que con los años podré concretar más esto; y, de momento, vaya un ejemplo.

Siento un fluir en la sangre y un abarrote de ideas cuando veo a mi nieta en el aeropuerto. Cuando llega veo en ella la proyección de una estirpe, el nexo familiar, la proximidad de mi mundo, la intensidad de la vida y la materialización del amor. Al despedirla –también en el aeropuerto- todas estas cosas se cubren con un melancólico velo y toman un matiz de universalidad implementada por la incertidumbre inherente al hombre.

Y pienso que todo esto lo perdería si mi nieta se hubiese quedado al otro lado de la vida.